martes, abril 27, 2010

Dulces

El día que se me ocurrio ir a dónde podría conseguir algunos de esos dulces, esos dulces que alegran a cualquiera; que hacían de mi una persona sonriente, capaza de disfrutar una felicidad radiante. Sin sospechar mi suerte, encontré una sombra... si la de "e", al observarla no podía pensar en nada, me quedé absorta, impresionada de la forma en la que se desenvolvía junto con el viento, su encantadora obscuridad me embrutesio, me desequilibró. Sentí que todos mis sentidos se abrumaban, que todo lo real había dejado de existir por algunos instantes, los mismos en que mi atención se concetraba en él.

Un grito, ese grito que se escucha a media noche, sobresalto de nuevo mis sentidos, me había despertado del sueño, de la fantasía que estaba creando con él. Percatandome de que tenía que hacer sacrificios para que él me viera, para que me prestera un poco, tan sólo un poco de su tiempo, para compartirlo, para usarlo y hacerlo... crearlo. Empezé por reír, canté, soñé, grité, lloré y por fin morí. Nada, no pude hacer que tu mirada rosara por equivocación mi ser.
Paso el tiempo, y no podía borrar de mi la ilusión, el sueño de amanecer tomada de tu mano, de tu cuerpo. Pero Tú no pensabas lo mismo, no me mirabas, empezaba a pensar que ni siquiera sabías de mi existencia de mi amor por ti. Empecé a borrarte a castigar esos sueños que lo único que hacían era malgastar mi tiempo. De pronto, algo inexplicable, una luz dibujo en tu mirada mi rostro, era ya parte de ti. Ya me veías. Mi estómago se convirtio en un festin, en un baile de hadas al son del palpitar de mi corazón. En eso, se entreabrio tu boca para susurrar delicadamente mi nombre, tan suavemente.

Tuvimos mucho tiempo para ser felices y lo fuimos. Los dos tratamos de inventar ese amor que se desea, que se escribe en las novelas, sólo logramos inventar nuestro amor, nuestra felicidad. Cómo toda llama, nuestro amor llego a su final. Se fue apagando, nuestra luz ya no tenía fuerza, los ecos de tu voz ya no eran compatibles con los míos. Ya no había amor, o al menos eso derían los extraños, los que eran espectadores de nuestra historia, de nuestra amor. Ya ni compartiamos el frio de nuestros cuerpos.

Lo único que nos seguía uniendo era el gusto por esos dulces que nos podian eloquecer de felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se chulo y construyeme nuevos horizontes.